Foro Mundo Azulgrana

Interés General => Información General => : Jebus Datolo April 10, 2021, 13:54:38

: Comparto texto cuervo
: Jebus Datolo April 10, 2021, 13:54:38
Escribo hace varios años y de un tiempo para acá empecé a narrar textos relacionados con el Ciclón. Les comparto uno a ver si les gusta:

Historia de padre e hijo

Todos tenemos algo de mala suerte, es algo que no podemos evitar. A veces pasan cosas malas porque la cagamos en algo o en algún momento, otras veces parece ser el destino. Como me pasó a mí, que había hecho todo perfecto. Desde el primer minuto me esforcé al máximo, intenté mostrarle el camino, enseñarle. Pero no hubo caso, mi propio hijo me traicionó.

En cuanto salimos del hospital y llegamos a casa, empezó a vestir los colores de San Lorenzo. Lo primero había sido la manta, y después el babero y el enterito y las sábanas y la cuna y el gorrito. Cuando cumplió su primer año ya era socio, había salido hermoso en la foto. Como terminaba exhausto después de trabajar toda la semana, no íbamos a la cancha, veíamos los partidos por la tele. Aparte, si Sofi me veía llevando al bebé al Nuevo Gasómetro me mataba. Fueron pasando los años y cada finde el gordito estaba sentado en mi regazo viendo el partido conmigo. Yo creía que él se divertía, que disfrutaba viendo al Ciclón, que era feliz. Nada más lejos de la realidad.

La primera señal fue cuando tenía cuatro años. En los partidos frente a Boca se mostraba más animado, se interesaba más por el encuentro. Y claro, era un clásico. Encima todos en nuestra familia eran bosteros, por lo que la jornada tomaba mayor relevancia. Esa tarde no se daba la excepción y como siempre estábamos ganando. Yo festejaba el tercer gol cuando me dijo que no se sentía bien, se levantó y salió de la sala. Lo encontré en el pasillo y le pregunté qué le pasaba, pero no me contestó, sólo se llevó la mano al pecho, como si le doliera el corazón. Lo acompañé a su cuarto y como me dijo que sólo estaba cansado lo dejé en la cama y fui a la sala a terminar de ver la goleada.

La segunda llamada de atención, ya más preocupante, ocurrió un par de semanas después. Se dibujaba a él mismo andando en bicicleta, pero había algo mal. Algo no encajaba. Tardé unos segundos en darme cuenta.

—Acá le erraste gordo, mirá la remera que te dibujaste. Esos no son los colores de San Lorenzo.

—Ya sé—me dijo, y no agregó nada más. Se quedó callado mientras seguía pintando. Lo dejé pasar y fui a calentar la pava para tomar mates, mientras en mi cabeza se había quedado grabado su dibujo y esa camiseta azul y amarilla con franjas verticales. Parecía de Central. Si se había encariñado con el equipo de Rosario era entendible. «Central y el Ciclón, un solo corazón». Eran instituciones amigas, hasta yo los quería un poquito, pero me pareció raro que se pintara con esos colores. Volví para preguntarle por qué de esos colores y noté que el dibujo era distinto. Me había agregado a mí, leyendo un libro al lado de él, con una camiseta de San Lorenzo. El niño que lo representaba a él estaba borroneado, y arriba volvió a dibujarlo con una camiseta azul y amarilla, pero con una única franja horizontal. En la hoja, frente a mí, estaban dibujados un papá y su hijo. San Lorenzo y Boca. 

Lo agarré fuerte de la mano y lo llevé casi arrastrando al auto. Sofi me gritaba con desesperación, sin entender qué pasaba. «Es grave» fue todo lo que atiné a decirle, mientras el sonido de la pava hirviendo de fondo hacía que me sintiera más nervioso. Pisé el acelerador a fondo, no había tiempo.

Entramos a la iglesia y llamé a los gritos al padre Antonio. Estaba bautizando a un bebé. La familia me miró con una mezcla de sorpresa y bronca, ni se molestaron en disimular la cara de culo. Antes de que Antonio me diga algo le adelanté «se está haciendo bostero» y en seguida suspendió la ceremonia, se disculpó con todos y me empujó hasta llegar atrás del altar. Yo todavía tenía al gordo de la mano. Lo sentamos en una silla mientras la familia del bautismo se iba confundida y enojada. Antonio buscaba agua bendita y yo colocaba la bandera del Ciclón que mi amigo cura guardaba al lado del cáliz, la misma que llevábamos a la cancha cada domingo, antes de que naciera mi hijo. Envolví al nene con la bandera mientras murmuraba canciones sobre la vuelta a Boedo. Antonio le mojó la frente con el agua bendecida. Noté que era su botellita personal. Agua santificada por Bergoglio, ahora Francisco, poco antes de irse para El Vaticano. El gordo no entendía nada, pobre. Seguro pensaba que su viejo se había vuelto loco, igual que aquél cura.

El Padre sacó una pequeña cajita de madera. «Sólo para casos especiales», me dijo, mientras la abría y una luz milagrosa salía de adentro. Entrecerré los ojos, sin poder ver por tanto brillo divino. Al acercarme lo vi. Era un trozo de madera de los tablones del Gasómetro. Yo no lo podía creer. Antonio lo tomó con cuidado y lo apoyó en la frente de mi hijo. La escena parecía un exorcismo. Yo miraba atento, con miedo y fe. Mi boca se abrió y realicé la pregunta sin pensarlo, esa cuya respuesta temía. No podía esperar más. Necesitaba saber la verdad.

-—¿Hijo, de qué cuadro sos?

Él me miró y se quedó en silencio. Crucé miradas con Antonio. Mis manos temblaban. El gordo corrió la mano del cura, se sacó la bandera de la espalda y se la devolvió con una sonrisa casi demoníaca. Después volteó y me dijo con voz firme, dura, desafiante.

—Soy de Boca.